
Uno, dos. Uno, dos. Cuento mis pasos para pensar en algo, para pensar en nada. Con cabeza gacha y mirando sin observar. Asfalto, cerámicos, tierra,… de repente, verde. Levanto la cabeza para caer en cuenta que estoy en una plaza. Con toboganes, árboles, bancos, césped y hamacas. Una plaza como cualquier otra, pero única en esencia. No hay nadie, y el viento sopla despacio, tranquilo. Silencio y complacencia. El sol tímido aún, traspasa por las copas de los árboles, dejándose ver solo en pequeños haces de luz. Haces que me dan en el rostro, en los brazos, en las piernas y acarician suaves. Camino tranquila yo también, teniendo miedo de que si voy demasiado rápido podría romper la atmosfera casi mágica de esa plaza cuyo nombre todavía no se. Quiero llegar a mi casa, pero aún mas quiero absorber todo lo posible de ese lugar. Entonces, sigo caminando disfrutando cada segundo, hasta que decido quedarme. Me siento en una hamaca, la del costado, porque se ve la más alta. Aún así, mis piernas chocan con el piso y de repente me siento nostálgica. Pienso, pienso y pienso. Ahora no solo estoy con la nostalgia a flor de piel, ahora también pienso en todo lo demás, y me siento peor. Mis piernas comienzan a moverse inconcientemente y así me hamaco suave, como todo lo que me rodea. Y me siento mejor. Me hamaco más fuerte y me siento aún mejor. Miró el cielo y cada vez se ve más cerca, como si con solo estirar la mano pudiera tocar una nube y coronarla como mía. Siento como mis fuerzas se van en ello, en hamacarme lo más fuerte posible, en estar lo más lejos de todo. Veo los árboles en toda su plenitud, y confirmo que si se ven desde un poco más alto el sol juega con sus hojas y les otorga tonalidades divertidas, mientras sus hojas bailan al compás del viento. El mismo viento que enjuaga mis lágrimas y se lleva mis problemas. Con cada nuevo impulso en esa hamaca vieja que rechina junto con el movimiento de mis piernas, se lleva un dolor, una tristeza, una dificultad. Me limpia, me purifica, me simplifica, me depura, me aclara. Se lleva todo, absolutamente todo, hasta el punto que no me deja pensar más que en ella, en el cielo, en el viento y en los árboles. Hace que todo lo demás desaparezca, y me permite volar por unos segundos. Felicidad, libertad, placidez. No hay espacio para otra sensación.
Entonces clavo un pie en la arena, y solo en ese momento me doy cuenta de lo fuerte que me impulsaba. Ya no necesito hamacarme más, porque me siento bien, completa, satisfecha y feliz.
Me levanto despacio y camino hacia el ruido de la avenida, pero se que nada puede hacer que cambie mi sentir, por lo menos hoy.
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